Memoria con rostro

Lourdes, la joven de la libreta azul

Luanda, 1994–1995

Hay personas que no necesitan hablar fuerte para sostener mucho de lo que pasa alrededor. A veces una libreta, un nombre anotado y una puerta entreabierta alcanzan para que alguien vuelva a sentirse persona.
Imagen de memoria para el texto Lourdes, la joven de la libreta azul
Un rostro, una presencia, una memoria que vuelve a tocar tierra.

Hay personas que no necesitan hablar fuerte para sostener mucho de lo que pasa alrededor. Lourdes era así.

En aquellos años de Luanda, cuando el patio de la parroquia se llenaba de chicos, catequesis, gritos, polvo, hambre y juegos, ella aparecía con una libreta azul bajo el brazo. No tenía nada especial: puntas dobladas, hojas flojas, algunas manchas, nombres escritos rápido. Pero Lourdes la llevaba siempre. Como quien no quiere olvidarse de algo importante.

Anotaba nombres.

No para ordenar papeles. No para hacer una lista prolija. Anotaba para no perder a nadie.

Un chico había dormido cerca del mercado. Otro tenía una herida en el pie. Uno no había venido esa semana. Otro necesitaba bañarse. Alguno podía pasar por una casa donde le daban comida. Otro tenía que acercarse al Miguel Magone.

Lourdes escuchaba primero. Después escribía.

A veces levantaba la vista y preguntaba:

—¿Dónde lo viste?

Otras veces decía, casi al pasar:

—Mañana lo buscamos.

Y seguía anotando.

En una ciudad donde la calle podía tragarse a un chico en una noche, esa libreta era una manera sencilla de decirle a alguien: todavía sabemos tu nombre.

Lourdes no hablaba mucho de ella. Hacía. Estaba. Iba y venía. Se detenía donde otros seguían de largo. Junto con otros cooperadores, familias, jóvenes y gente de la comunidad, fue ayudando a que la preocupación por los chicos de la calle se volviera algo concreto: una ducha, una muda de ropa, un plato de comida, una visita, una casa que abría la puerta, una palabra dicha a tiempo.

Visto desde lejos, podía parecer poco.

De cerca, era muchísimo.

Porque para un chico que venía de dormir en la vereda, encontrar a alguien que lo mirara sin miedo, sin asco y sin apuro podía ser el comienzo de otra historia.

Una noche, después de una recorrida, Lourdes abrió la libreta. Faltaban algunos. Pasó el dedo por una página, se detuvo en un nombre y dijo:

—Este no vino.

No lo dijo como quien controla una ausencia. Lo dijo como quien siente que alguien puede haber quedado solo.

Ahí estaba su modo de creer.

No en frases grandes. No en discursos. En esa paciencia de volver a preguntar por alguien cuando todos ya siguieron con lo suyo. En dejar una puerta entreabierta aunque el día hubiera sido largo. En mirar una lista de nombres como quien mira rostros.

Con el tiempo, el patio empezó a parecerse a una casa. Los chicos volvían. Algunos entraban a la catequesis. Otros ayudaban a barrer. Otros solo pasaban, saludaban y seguían. Muchas veces, detrás de esos regresos, estaba Lourdes, callada, atenta, con su libreta azul.

No hizo ruido.

Pero dejó una forma de mirar.

Fue una joven que cuidó nombres. Y al cuidarlos, ayudó a que muchos volvieran a sentirse personas.

Anotaba para no perder a nadie.

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